Vita activa y voz pasiva
de Beatrice Simoncini Amado
Quisiera hablar de paz con los pájaros
para contarles cómo su cuerpo se convirtió en símbolo,
como si se dejase atrás el peso al volar
como si de la gravedad hubiésemos hecho grilletes.
Quisiera hablar de paz con los hijos que no conozco
porque el miedo se ha impuesto al sentido.
Quisiera recordarles que por más que nos ayuden
no existen los contornos.
Quisiera ser capaz de escuchar en el río la paz
aprender de su corriente y desapego,
escuchar los sonidos que arrastra y aquellos que puede con su flujo
comprender la correspondencia implícita en su existir.
Quisiera ser capaz de escuchar en la mar la paz
en lugar de los gritos de horror que se vuelven oleaje,
como si fuera un compás al que admirar de frente
y al que dar la espalda cuando nos devuelve la mirada.
Tal vez el hombre intente aprender algo de la poesía del mundo
algunas guardamos destellos en la memoria; sin embargo,
hay quienes insisten en reducirla a una verdad pequeña
los mismos que han hecho de la paz una coartada.
¿Cómo sería inventar cartografías habitables [1] en un paisaje en el que la impotencia se impone a la imaginación? ¿Cómo sería hacerlo mientras asistimos en directo a la masacre de los pueblos? ¿Cómo expresar la espera cuando todo parece empujar a la exaltación o la indiferencia? ¿Quedará lugar para la escucha en una sociedad sentenciada a su fragmentación?
Hay una imagen que desde hace años guardo en la memoria. Se trata de un retrato de Atenea: un relieve que dibuja una presencia ciertamente humana. Como si alguien hubiese paralizado el instante en el que la diosa portadora del saber que, como indica Robert Graves (1985), «emplea las manos y […] proviene del calor del hogar» (p. 124), se descubre en su fragilidad. Atenea, muchacha –dirá María Zambrano (2020)– cargada con el nombre del padre. En ella convergen tantos atributos como dioses acompañan la historia de la humanidad. Símbolo de la unidad política a la que aspira la ciudadanía; virgen melancólica que no busca luchar, pues es la misericordia la causante de sus decisiones. Abrumada bajo una coraza heredada, quizás sea el amor la causa de su fatiga.
Decía John Berger que «la mayoría de los trabajadores de todo el mundo arrastra el mismo estigma físico» (2023). ¿Será que buscamos en cada gesto encontrar la unidad perdida? ¿Será la huella de la nostalgia que sueña con una promesa hecha de aire? O quizás nuestra piel, vestida con el polvo de las edades; o tal vez los cuerpos anónimos que enmarcan la ambición frustrada de un presente por venir. El estigma que arrastramos no es sino el trabajo que queda por hacer.
Podría ser este uno de los lugares desde donde observar a la Atenea melancólica. La escultura, su capacidad de retener y prolongar una imagen a lo largo del tiempo –no así su interpretación–, nos permite, en este caso, pensar, vivir el cansancio y la guerra como experiencias antiguas. Tan antiguas como actuales: la omnipresencia de Dios no ha logrado anteponerse a la omnipresencia de la guerra.
Pero el descanso de Atenea podría ser también el gesto de la escucha. Pensar la espiral donde circulan términos, acciones y cuerpos. Atender la impotencia inefable que se desplaza entre arte y vida, entre zōḗ y bíos. Sostiene Ixiar Rozas en Deseo de decir, que escuchar «es también situarse en la proximidad de la distancia» (2018, p.39); quizás esta imagen pueda interpretarse a partir de su propuesta, ya que son muchas las distancias que abraza: distancia temporal que vemos por su deterioro, distancia física que delata un número de inventario, distancia simbólica que, en parte, posibilita esa redacción. Sin embargo, tal y como Rozas sugiere, una distancia accesible podría servirnos para escuchar a pesar de las condiciones en las que se da tal separación. La escucha que inaugura Atenea podría contener fórmulas nuevas y amorosas para intervenir en la elaboración un mundo siempre por hacer.
Hace poco vi una película [2] que me hizo pensar la sangre de un modo más pausado. Al aparecer [la sangre] en varias escenas, era posible percibir una conexión sutil entre los cuerpos animales y humanos que se mostraban a lo largo del film. No dediqué mucho tiempo a profundizar en ello; sin embargo, me gustó la idea de la sangre como elemento común para tantos seres. Me gustó pensar en ello, en un presente como este. Poco después, casi al final del primer volumen de La Historia de la Sexualidad, encontré algunas páginas referidas al papel de la sangre en la historia de Occidente. Si bien elemento común, el libro se refiere al aspecto simbólico de la sangre que, por tanto tiempo, fue «un elemento importante en los mecanismos del poder, en sus manifestaciones y sus rituales». El poder hablaba «a través de la sangre», escribe Foucault (2024, p. 139) –y no hace falta indagar mucho para ver cómo esa lengua se utiliza todavía, aunque sea de un modo distinto–. No obstante, quisiera recordar lo que sentí viendo las imágenes de las que hablaba hace un momento, lo que siento cuando veo el relieve de Atenea. Quisiera recordar que la sangre también posibilita la reacción de nuestros cuerpos ante el dolor del mundo. Poder imaginar un pulso que se extiende a lo largo de la superficie terrestre, como una red tejida con las tantas temperaturas que adopta la vida en cada una de sus fases. Almas palpitantes todavía, a pesar de todo.
Si hemos logrado conservar la voluntad de captar lo humano en lo divino para dar valor y sentido a todo aquello que nos recibió al nacer –desde el río hasta el mar [3]–, diremos que es posible aferrarnos al deseo humano de vivir todes. Que es posible abrazar al amor que resiste para que así sea. Desplazar la mirada, la escritura, hacia la luz que emerge en esa dirección, quizás nos recuerde que, en efecto, todavía quedan riesgos que atravesar.
Tal vez exista un arte que pueda darnos pistas sobre cómo desplazar la representación del consumo a la empatía. Tal vez, llegará el día en que el miedo no nos impida elaborar un imaginario capaz de trazar caminos que confluyan en un horizonte común.
Por eso, esto es un canto a la justicia. Un canto que elude las barreras que se imponen entre su lucha y lo que anhela. Anhelo que es también una coartada; una razón. Un impulso que se esfuerza en atender al dolor que implora una respuesta. Porque ya lo hemos visto: jamás existirá algo capaz de extinguir el fuego que emana de las voces enterradas bajo los escombros de la crueldad.

[1] En referencia al título de la convocatoria a la que responde este ensayo.
[2] La película en cuestión es Samsara, dirigida por Lois Patiño.
[3]Se apela aquí a uno de los lemas que conforman el paisaje sonoro de las marchas, manifestaciones y concentraciones organizadas a nivel mundial en contra del genocidio del pueblo palestino. Nuestros corazones están con él y con todos los pueblos oprimidos bajo el orden imperialista, colonial y extractivista que históricamente Occidente ha sostenido en nombre de su propio beneficio.
Referencias:
Foucault, M. (2024). La historia de la sexualidad. La voluntad de saber. Siglo XXI. Graves, R. (1985). Los mitos griegos 1. Alianza.
Patiño, L. (Director). (2023). Samsara [Película]. Señor y Señora, Moonlight Cinema y Jeonju Cinema Project.
Roma, V. (2023). Permanent Red. John Berger [Exposición]. La Virreina, Barcelona, España. Rozas, I. (2018). El Deseo de Decir. AusArt Journal for Research in Art, 6. (1). 31-41.
https://doi.org/10.1387/ausart.19431
The Acropolis Museum. (s.f.). Relief of the “Pensive Athena”. https://www.theacropolismuseum.gr/en/relief-pensive-athena
Zambrano, M. (2020). El hombre y lo divino. Fondo de cultura económica.